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El autor trata de encontrar un criterio para juzgar la debilidad o fuerza del yo. Como la energía del yo no es mensurable para nosotros, tenemos que limitarnos a medir las fuerzas o debilidad relativa del yo.
El yo se alimenta de las energías aportadas por los instintos del ello, pues es de suponer que su fuerza depende de la intensidad de los instintos. Pero sólo un yo fuerte puede dominar instintos fuertes y guiarlos, para que no entren en conflicto con la realidad. El yo extrae la fuerza necesaria de la carga de libido desexualizada del ello, es decir, de su carga narcisística. Parece entonces, que es el narcisismo el que refuerza al yo. Pero no siempre es así. El yo está debilitado pronunciadamente en las psicosis narcisísticas; es por eso que no podemos deducir la fortaleza del yo de la fuerza de los instintos ni de la intensidad del narcisismo. El autor trata de aclarar el problema examinando la capacidad del yo para soportar el displacer. Pero tampoco llega a una explicación terminante; el hombre fuerte soporta fácilmente displacer, así como el masoquista ansia sufrirlo. Tampoco la discusión sobre la angustia puede resolver la cuestión de la fortaleza del yo. Frente a un peligro, la angustia es una reacción adecuada, lo que supone un yo fuerte. Pero el neurótico con su disposición excesiva a la angustia tiene un yo débil. El autor trata entonces de acercarse a la solución del problema, tomando en consideración la capacidad sintética del yo. El yo débil del neurótico y del psicótico sufre en su función sintética al principio de su enfermedad, pero en la fase reactiva, esta función aparece tan reforzada, que el yo logra asimilar los síntomas. El autor concluye diciendo que no se puede medir la fuerza del yo por el máximo o mínimo de energías de las cargas, sino por el óptimo.
Después se ocupa brevemente de la relación entre el yo y el superyó y examina por qué la fuerza de resistencia del yo puede fracasar. Llega a la conclusión de que esto puede suceder por razo