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El autor comienza por establecer que no existe una neta separación entre crímenes racionales e irracionales y que tampoco existen crímenes puramente racionales, pues aun los! que así lo parecen, siempre tienen alguna de sus raíces en el insondable ello en cuyos dominios la razón no prevalece.
Considerando el caso especial de los cleptómanos, sostiene que éstos roban objetos y dinero no por el valor económico que representan, sino por su significado simbólico: así, por ejemplo, el dinero equivale psicológicamente a alimentos, a poder, a amor y a excrementos, y puede ser robado por cualquiera o todos estos significados. El cleptómano se siente privado de amor y por eso tiene la compulsión de apoderarse, violando la ley, de lo que cree que no le es posible obtener por un camino normal. Es decir, roba amor en una forma adecuada a su comprensión libidinosa y según sea el período de la evolución de la libido en que ha quedado fijado, varía el objeto de sus robos. Si es en el período oral, roba alimentos; si es en el anal, roba objetos sin sentido como animales muertos, corchos, etc., o bagatelas, a costa de un gran riesgo; y si es en el fálico, roba objetos con significado de genitales masculinos.
El sentimiento de omnipotencia y el masoquismo juegan un importante papel en la cleptomanía. Esto se ve claramente en el ejemplo que se cita, en el cual una ladrona de tiendas describe las sensaciones que experimenta después de cometer un robo y según sea descubierta o no. El autor sostiene que el robo constituye la verdadera vida sexual de los cleptómanos, quienes dentro de su organización libidinosa no han alcanzado la etapa genital.
Después de afirmar que la cleptomanía, como la seudología y otras compulsiones similares no es una enfermedad en sí misma, sino más bien un síntoma, el autor analiza la personalidad del psicópata. Este no es ni un psicótico ni un neurótico en el sentido estricto de la palabra. Es un tipo especial muy parecido al histérico. Sus acciones son muy difíci