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El famoso caso ocurrido hace algunos siglos, de un joven panadero que fué ahorcado, no obstante ser inocente, decidió al Senado de Venecia a adoptar la siguiente costumbre: en todo juicio, del que podía resultar una condena de pena de muerte, un embajador del Senado se presentaba ante el Tribunal y exclamaba solemnemente: “Recordad al pobre panadero.”
Si tal institución hubiera sobrevivido hasta nuestros días, el funcionario en cuestión tendría que leer una extensa lista de errores judiciales, la que no contendría seguramente la totalidad de sensibles extravíos de la justicia, ya que muchos han permanecido y permanecerán siempre ignorados. Se podría alegar que en épocas pasadas los métodos de investigación eran muy malos y que los casos de errores judiciales, eran más frecuentes que en la actualidad. Sin embargo, el abundante material reunido por Sello, Alsberg, Hellwig, Rittler y otros, demuestra cuántos errores se cometen, precisamente por pruebas de indicios sobre las que se basa casi exclusivamente nuestro procedimiento penal (1).
Nadie puede oponerse a que, como psicólogos y manteniéndonos dentro del campo de la psicología, examinemos el material que poseemos, con el objeto de establecer una patología de sentencias judiciales. A pesar de que podemos dar numerosos ejemplos, determinando en cada uno el elemento que contribuyó a que se cometiera el error judicial, prefiero, sin embargo, citar sólo un ejemplo que evidencia el papel desempeñado por los