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El autor comienza incluyendo a Don Quijote y a Sancho Panza en dos tipos caracterológicos que él ha descrito y designado con el nombre de “teleclinos” y “plesioclinos”, según su inclinación preponderante a lo cercano o a lo lejano.
Lo más importante del presente trabajo es la interpretación del sueño de Don Quijote, en la cueva de Montesinos. Se trata de un sueño en dos partes con el siguiente contenido: en la primera aparece el cadáver de un caballero, Durandarte, que continuamente pide a uno de sus parientes, que le arranque el corazón del pecho y se lo entregue a su amada Belerma. Pero de la expedición resulta que tal pariente ya con anterioridad había cumplido fielmente con el pedido, como lo demuestra también el hecho de presentarse la amada Belerma, una mujer vieja y fea, llevando en la mano el susodicho corazón.
En la segunda parte el sueño se vuelve más personal. Aparece la amada de Don Quijote, Dulcinea, que le pide prestada una pequeña cantidad de dinero, ofreciéndole en prenda su faldellín. Más rico en fantasías que en monedas, Don Quijote reacciona entregando una cantidad menor y renunciando al faldellín.
Interpretado el sueño, parece ser que el caballero Durandarte, de la primera parte, representa al mismo Don Quijote, que, a los cincuenta años, obedeciendo a los mandatos de su superyó y a las deficiencias orgánicas de la edad, renuncia a su amor por una labradora, de nivel social muy inferior al suyo y de costumbres bastante livianas. Lo que en el sueño aparece representado por su contrario, ya que la amada Belerma tiene en la mano el corazón del caballero —seco y amojamado—. Pero el rechazo moral de los deseos sexuales se demuestra, además de por tratarse de un cadáver, por la presencia del pariente del citado caballero, a quien este último reprocha continuamente el que no haya entregado su corazón a la dama.
En la segunda parte del sueño el contenido latente es más fácilmente perceptible. La falta de dinero simboliza la poca potencia y el vestido íntimo,