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En los años y circulaban en Francia, en Inglaterra y también en algún otro país, narraciones del tipo de la siguiente: Un hombre joven, que había sido movilizado, se traslada, en automóvil, de una ciudad a otra, en compañía de una mujer. Durante el camino se le termina la nafta, y para conseguirla tiene que recurrir a la ayuda del un grupo de gitanos. Uno de dichos gitanos le dice de no inquietarse por su orden de movilización, ya que no iba a haber guerra, porque Hitler moriría seis meses más tarde. Y, para confirmar su profecía, el gitano añade, que lo dicho sería tan cierto, como que aquel mismo día, a su regreso, transportaría un cadáver en el automóvil. Efectivamente en el camino de vuelta, un oficial de policía hace detener el coche y pide al conductor que lleve al hospital a un hombre que había sido herido. Y al terminar el viaje se dan cuenta de que dicho hombre había muerto.
La autora estudia el significado psicológico de tales narraciones y, para ello, las compara con los ritos de sacrificio que existieron en diferentes religiones. En dichos ritos el sacrificio se hacía en lugares sagrados y asimismo tenían que ser santificadas las personas que intervenían en ellos. En las narraciones actuales, sustitutivas de los sacrificios antiguos, la santificación de la persona que ofrece el sacrificio, que es un hombre que ha sido movilizado, está originada por la movilización, que hace que un ciudadano cualquiera sea llevado; a las armas y, por lo tanto, entre al servicio “sacrosanto” de la patria.
El sacrificador del rito antiguo está representado en la narración actual por el gitano, que también es algo así como una reencarnación de la deidad homicida. La víctima actual adquiere un carácter sagrado por haber sido herida o, en otras narraciones, por tratarse también de un hombre movilizado. Esto último establece una cierta identidad entre el que ofrece el sacrificio y la víctima, como ocurría también en los sacrificios; antiguos. Pero esta identidad se establece, n