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Llamamos justicia criminal, dice el autor, a la agresión lícita que la comunidad emplea contra el miembro que ha cometido una ilícita agresión en su contra. Sostiene que ante un acto criminal cada uno de los miembros de la sociedad se siente lesionado individualmente y desearía castigar personalmente al que lo ha realizado. Pero que de común acuerdo delegan esta función en una persona representativa con quien pueden identificarse y en esta forma satisfacen al yo como si en realidad se hubieran vengado personalmente.
La opinión tradicional afirma que el castigo constituye un factor disuasivo y atemorizante. Pero la historia criminal demuestra que la amenaza del castigo no ha influido mucho en la reducción de la actividad criminal y actualmente muchos autores sostienen que por el contrario, y debido a impulsos masoquistas, el castigo puede constituir un estímulo para el crimen.
El autor expone a continuación el concepto del masoquismo diciendo que por lo general se define como un impulso para obtener satisfacción sexual por medio del sufrimiento y se identifica con ciertas perversiones sexuales. Se refiere en especial al “masoquismo moral”, es decir, aquella actitud hacia la vida que obliga al yo al sometimiento y a la pasividad y ocasiona fracasos, privaciones y desgracias. Cita las opiniones de Alexander, Wittels y Fromm, a este respecto y señala que el fin primario del masoquismo no es el sufrimiento sino que éste representa el precio que se paga para obtener la satisfacción de ciertos impulsos prohibidos. El masoquista se halla sometido a una compulsión interna que lo lleva a buscar satisfacción y alivio a su tensión o ansiedad siendo tratado como un niño, reprendido, humillado, castigado físicamente, coartado y excluido socialmente.
Según el autor, el estudio de los motivos masoquistas que intervienen en la conducta criminal, permitirá seguramente llegar a una mayor comprensión del problema de la criminalidad. Después de considerar que el acto criminal constituye la