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El material que el niño elabora en el juego surge de su propia experiencia. Cuando ésta es placentera el juego puede explicarse por el “principio del placer” pero como también elabora experiencias displacientes, este hecho contradice dicho principio y lo hace insuficiente para explicar todo el fenómeno. De la observación del último tipo de juego surge claramente que el niño busca descargar una experiencia o un residuo de experiencia no asimilado por el aparato psíquico y que le estorba como un cuerpo extraño. Juega durante un cierto tiempo, luego el tema se hace cada vez menos frecuente, se acompaña de menos afecto hasta que finalmente desaparece.
Este tipo de juego se hace comprensible si lo comparamos con los sueños de los enfermos de neurosis traumática o de los neuróticos de guerra. En ambos el trauma reaparece a menudo en los sueños y esto se hace incomprensible desde el punto de vista del “principio del placer” o de la teoría de realización de deseos en los sueños. Pero tanto en los juegos como en estos sueños, el trauma insiste en volver, porque no ha sido asimilado e intenta lograrlo valiéndose de la compulsión de repetición. En general, hay más estímulos que los que el yo, todavía débil del niño puede tolerar y el juego tendría como finalidad la asimilación de una cantidad de excitación que afecta al organismo demasiado súbitamente o con demasiada fuerza. Las experiencias repetidas serían na sólo dolorosas sino excesivas.
No sería, como dice Groos, que el niño repite en el juego las experiencias dolorosas cuando las ha superado sino que, por el contrario, puede superarlas por medio del juego.
Durante el juego, el niño hace activo lo qué sufrió en forma pasiva; puede jugar otro papel que el que le ha asignado la experiencia, puede cambiar el resultado de dicha experiencia, y se atreve a asumir papeles que generalmente son prohibidos por la educación y más tarde por su superyó. En resumen, la contribución de la teoría psicoanalítica del juego sería: El juego se