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La mayoría de los autores psicoanalíticos han considerado los actos delitivos del psicópata criminal como síntomas que se originan del mismo modo que los síntomas neuróticos, es decir, a consecuencia de conflictos entre el ello, el yo y el superyó. En el presente artículo Wittels defiende una opinión distinta. Afirma la necesidad de hacer una distinción entre el criminal neurótico y el criminal psicópata. Añade que en el criminal psicópata puro, los actos delictivos no son una consecuencia de conflictos psíquicos, sino una libre exteriorización de una personalidad fáliconarcisista.
Según Wittels, en la fase fálica del desarrollo del individuo hay que distinguir dos subfases distintas y sucesivas. En la primera el individuo, que presenta ya una organización genital de los instintos, desconoce el complejo de Edipo, carece de temor a la castración y para él la diferencia entre los sexos tiene poca importancia. En la segunda subíase fálica se presenta el complejo de Edipo y el superyó que domina los instintos anteriormente libres. El psicópata criminal sería un individuo fijado en la primera subfase fálica de la evolución, en la que la impulsividad (Triebhaftigkeit) y la bisexualidad del hombre alcanzan su mayor energía y no están dominadas por la autoridad paterna y ti superyó.
Wittels examina una serie de psicópatas célebres: Don Juan, Mesalina, Lucrecia Borgia, Teodora; después estudia algunos casos psicoanalíticos de Zulliger, Abraham, Kielholz y Aichhorn. Solamente cita, en pocas líneas, una observación personal; además sus deducciones transcurren demasiado rápidamente. La revisión de datos psicoanalíticos es incompleta. Así, Wittels no menciona el libro de Hans Sachs sobre Calígula, que constituiría posiblemente el mejor apoyo a su tesis.
Aunque en general el artículo es fácilmente comprensible, existen párrafos oscuros desde el punto de vista psicoanalítico: “…Los actos del psicópata criminal muestran una polaridad desexualizada en vez de la sexual. Roban lo que no