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Con razones insuficientemente profundas el autor sostiene que antes de que se llegue a un acuerdo final sobre el concepto de la destructividad existen ciertos argumentos sin valor que deben ser considerados. Quizás el más plausible lo constituya la apelación a la conducta animal. Por eso el autor propone que los psicólogos deben rechazar la conclusión final de que el estudio de la evolución señala un instinto de agresión en los seres humanos, poniendo en tela de juicio las observaciones realizadas en animales e intenta una interpretación que ál considera más profunda de las tendencias agresivas en los seres infrahumanos. Señala que la agresión está puesta al servicio de otras tendencias dominantes y despuás de exponer diversos ejemplos expresa que prácticamente toda la crueldad