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Freud está sepultado. Sus continuadores o discípulos ya no volverán a verle ni a escucharle más. ¿Cómo era Freud?, podría preguntarse. Algunos supondrán que tan gran hombre habría de ser serio y solemne. Ciertamente, conocedor de todas las debilidades y perversidades de la humanidad, era severo e inaccesible. Pero, en realidad, ¿qué aspecto tenía? ¿Cuál era su forma de actuar? Conociendo tan profundamente al género humano y a todos sus tipos, difícilmente podía usar una cabellera enrulada, una enmarañada barba de filósofo o un sombrero de ala ancha como un pintor; tampoco podía tener la apariencia de un dandy narcisista o de un andrajoso avaro.
El aspecto de Freud era similar al de otros intelectuales o médico's; sencillo y modesto. Usaba un traje fino y bien cortado y siempre corbata negra; se advertía que no dedicaba demasiado tiempo a su arreglo personal. Nunca fué solemne ni retraído sino, por el contrario, benévolo y alentador; en una palabra, humano.
Freud solía decir: “Es una pena que sea tan difícil cambiar profundamente a los neuróticos. La mayoría de ellos recurren demasiado tarde al psicoanalista, en un estado muy avanzado de su enfermedad.” Sonriendo citaba a veces esta escéptica frase: “Tres cosas son imposibles: dirigir, educar y curar. Es querer transformar lo negro en blanco” —protestaba de su trabajo en momentos de desaliento—. La experiencia le había demostrado lo imposible que es reconstruir la mente humana, modificar un carácter en poco tiempo. Por tanto, previno contra el furor terapeuticus. Para él la