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Los procesos sexuales alcanzan en nuestra especie su más alto nivel de complejidad y diferenciación. El animal vive siempre de acuerdo con su naturaleza sin que ningún conflicto interno llegue a turbar su automatismo vital. El instinto sexual congénita e invariablemente organizado, rige sus procesos vitales destinados a la autosatisfacción y conservación del individuo y de la especie. En ciertos casos el interés reproductivo es tan fuerte que llega a anular en sí mismo el de autoconservación.
La conducta sexual del hombre no siempre logra armonizar sus intereses personales con los de la procreación. Si aceptamos el postulado analítico de que la cultura es origen y producto de la represión instintiva, deduciremos que nuestro sistema actual de vida ha conducido al hombre a una progresiva desnaturalización de la función genésica. El amor en su aspecto hedonístico parece ser la pasión dominante del hombre, el sentido fundamental de su ambición sexual tiránica. La función reproductiva suele ser así considerada como un episodio contingente o secundario entre las frondosidades psicológicas de la vida erótica. Pero en el dominio natural de las leyes biológicas recupera su primordial valor, como expresión del estímulo esencial y permanente en la normal dinámica de los sexos. Función genital y función generadora son actividades de fondo íntimamente condicionadas y coordinadas. En el sexo masculino hay dos elementos fundamentales, utilizables para definir la actividad sexual normal. Estos son: el objeto heterosexual y el fin de la cópula, estando constituido este último por la eyaculación intra vas y la capacidad de fecundación (potencia coeundi y potencia generandi). La plenitud de la genitalidad se alcanza cuando el erotismo se ajusta automática y teleológicamente a estos dos términos discriminativos de la evolución sexual. Equivalentes elementos de juicio concretan en la mujer el grado óptimo de su desarrollo psicobiológico: capacidad orgástica, reproductiva y de lactancia.