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El aspecto aparente del enfermo psicótico suele ser el de un individuo despreocupado del ambiente que le rodea, y que persigue dentro de sí mismo las elucubraciones de su mente acalorada. Le atraen preferentemente sus propias fantasías, en las que parece satisfacer deseos. Este cuadro psíquico ha llegado a la imaginación popular. De ahí que se represente vulgarmente al loco viviendo con indiferencia a su medio y pensando en grandezas; una mano en el pecho y un sombrero llevado de un modo especial le hacen sentirse Napoleón, sin que nada más le preocupe (**).
Científicamente también la psiquiatría señala el aislamiento del psicótico y la satisfacción de deseos en el delirio. La misma comprobación ha hecho el psicoanálisis. Basta con recordar al doctor Daniel Paul Schreber, psicoanalizado por Freud, que se imaginaba estar intensamente adorado por Dios y preferido por él a cualquier otra criatura humana. La impresión de placer subjetivo que produce la conducta del psicótico, ha tenido su expresión más acentuada en una frase de Nunberg, al caracterizar el estupor catatonico como una “orgía narcisística”. En cambio, distinto es el caso del neurótico, que vive atormentado por sus síntomas y desea verse libre de ellos para poder ser más feliz.