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Con perfecta orientación psicoanalítica el autor examina al personaje Calicles del Gorgias platónico; racionalizado bajo un afán de justicia tiene éste una concepción de la felicidad como satisfacción plena de pasiones, opuesta a la de Sócrates, para el que lo primordial reside en el saber. Luego el autor estudia la visión del primogénito desterrado del inca Yahuar Huacac, profetizadora de la derrota del padre. Siguiendo normas onirocríticas, la interpreta como expresión de un deseo reprimido de rebeldía, manifestado a través de un desplazamiento. Una situación análoga es la de Segismundo en La vida es sueño; predomina en este caso la temida influencia moralizadora del segundo encierro, que da a todas las vivencias ulteriores del protagonista el carácter de irrealidad onírica.
La tendencia a retornar de lo reprimido y la actuación constante del superyó obligan, por ejemplo, a Calicles a crear la superchería de un derecho natural, que autoriza la obtención de poder para satisfacer pasiones. También “el ogro” del superyó lleva a Segismundo a contentarse con el autodominio, en vez de su anhelo primitivo de dominar a sus semejantes. “Es por eso, sin duda, que cuando Calicles pondera a Sócrates las excelencias del hombre poderoso, le pregunta éste que de qué poder se trata: si el que se tiene sobre los demás o sobre sí mismo.” Todo ello consecuencia de “angustia, inhibición, transacción, sublimación: he aquí los tramos capitales que determinan… los momentos obligados del proceso anímico” tanto en el sueño como en las creaciones de la vigilia. Es lo que de nuevo demuestra el autor en medio de consideraciones altamente interesantes.
Garma.