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“Es preciso señalar que la neoplasia puede representar la expresión o el cumplimiento de una necesidad del organismo portador …; su objeto puede ser compensador o defensivo, aunque pervertido y desastroso en sus resultados.” He aquí términos que tienen sonido familiar para oídos psicoanalíticos y que homologan el mecanismo del cáncer con el de las neurosis. Welsh pasa revista a todas las causas predisponentes al cáncer, llegando a la conclusión de que debe existir un factor fundamental, aun desconocido. Las numerosas observaciones de focos neoplásicos múltiples, indican que debe existir un estímulo biológico o bioquímico general al cual serían particularmente sensibles los tejidos afectados. Este estímulo residiría en un desequilibrio hormonal que puede obedecer a múltiples causas (senectud, etc.). Sin embargo, cabe preguntarse por qué y cuándo este desequilibrio da lugar al cáncer, y no a otra alteración; cómo puede preverse el peligro de que éste aparezca, y por qué la lesión se localiza en determinados órganos. ¿No podría ser que el estímulo buscado fuera de índole psicosomática, y que existiera una necesidad de características tales que únicamente podrían ser satisfechas por la formación de un neoplasma? Así, por ejemplo, ¿por qué determinados tipos psicológicos hacen cánceres de ciertos órganos, por ejemplo, del labio? ¿Qué tipos psicológicos producen, en general, el cáncer? He aquí preguntas que podrían dar lugar a interesantes orientaciones de la investigación.
El autor señala que la sustancia viva, desde el momento en que aparece, manifiesta una tendencia a la perturbación de la vida que da lugar a vastas repercusiones; después de mencionar las etapas de la evolución de la libido y la posibilidad de fijaciones en cada una de ellas, considera que la edad de aparición predilecta del cáncer coincide con el cese de