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Se trata de un niño de 10 años que fué traído para tratamiento analítico por tics y movimientos convulsivos de pies y manos, así como por una masturbación excesiva en forma exhibicionista y una gran ansiedad que le imposibilitaba permanecer solo ni aun por breves instantes. Su forma de expresarse y su inhabilidad manual no correspondían a su edad. No se encontraron bases orgánicas para estos trastornos aunque no fueron totalmente descartadas. Había comenzado con los movimientos convulsivos a los dos años después de una enfermedad de origen desconocido. La autora realiza el análisis con el propósto de averiguar si los síntomas eran accesibles a la técnica psicoanalítica, si existía una relación entre su ansiedad y su agitación motora y en qué extensión la gran ansiedad lo inhibía disminuyendo sus capacidades intelectuales.
Su bajo nivel mental así como los beneficios secundarios de la enfermedad —solicitud materna y exclusión de la escuela— dificultaron enormemente el tratamiento. La falta de cooperación del niño hizo que su tratamiento estuviera basado casi exclusivamente en la interpretación de sus juegos y actos durante la hora analítica. Se siguió la técnica de Ana Freud consistente en el análisis del material más cercano a la conciencia para llegar progresivamente a las capas más profundas. La madre casada con un hombre a quien consideraba de clase inferior desarrolló un gran rechazo sexual hacia su marido. Sus relaciones sexuales precedidas o terminadas en disputas eran presenciadas por el niño que compartía el dormitorio de los padres. El mismo rechazo sexual de la madre la llevaba a su intolerancia con la masturbación del hijo a quien amenazaba, con frecuencia, cortarle los genitales. El padre, fracasado económicamente había cifrado sus esperanzas en el hijo a quien no podía perdonar su falta de inteligencia. Las seis primeras semanas de tratamiento permaneció sentado sin hablar. Luego comenzaron sus juegos que consistían en peleas entre dos muñecos con la mue