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Cuanto más profundamente penetra el psicoanálisis en el conocimiento de las producciones sociopsicológicas (mitos, cuentos de hadas, folklore), con más fuerza llega a la confirmación del origen filogenético de los símbolos, los cuales se destacan en la vida mental de cada individuo como un precipitado de las experiencias de anteriores generaciones. El análisis aun no ha llegado a realizar su labor de investigar separadamente la filogenia y la ontogenia del simbolismo, para luego establecer su mutua relación. La fórmula clásica de Daimon kai Tyche en las aplicaciones freudianas (la cooperación de la herencia y la experiencia en la génesis de los esfuerzos individuales) llegará a ser aplicada, finalmente, a la génesis de los contenidos psíquicos de esas luchas; lo que también pondrá sobre el tapete la vieja disputa acerca de las “ideas congénitas”, aunque no ya en la forma de vanas especulaciones.
Podemos, sin embargo, anticipar, especialmente en ese sentido que, para la producción de un símbolo, las experiencias individuales son tan necesarias como la disposición congénita; aquéllas suministran el auténtico material para la construcción del mismo, mientras las bases congénitas que preceden a la experiencia tienen, posiblemente, tan sólo el valor de un mecanismo heredado, pero que aun no se halla en funcionamiento.
Deseo examinar aquí el problema de cómo, y en qué proporción, la experiencia individual favorece la transformación del interés erótico-anal en el interés por el dinero.
Todo psicoanalista está familiarizado con el significado simbólico del dinero, el cual fué descubierto por Freud. “Dondequiera que la arcaica manera de pensar prevaleciera o aun prevalezca, en las antiguas civilizaciones,