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Además de la “imagen macroscópica” que presenta la psicología de la satisfacción (el instinto o pulsión que se oculta tras ella, su ontogénesis, sus elementos cronológicos), perfectamente estudiada por Freud, debería considerarse su “aspecto microscópico”, vale decir, el esquema biológico a que se ajustan todos los actos acompañados de la vivencia satisfactoria. Tras este punto de vista que el autor antepone a su trabajo se oculta una deliberada y consecuente renuncia al criterio genético. En cambio, estudia la fenomenología de los procesos de satisfacción (“gratificación”, en su terminología), especialmente los sexuales, aplicando una consideración que, para rubricarla, podría aproximarse a la psicología de los modelos.
En los animales superiores los procesos de gratificación no se ajustarían al esquema simple de los actos instintivos, sino que intervendría en gran medida la experiencia individual, bajo la forma del “condicionamiento” (Lashley). Además, por lo menos en la especie humana, ese esquema reactivo presenta tales diferencias entre ambos sexos, que el patrón de uno vendría a ser como la imagen especular del correspondiente al otro. Así, en el hombre el proceso de satisfacción sexual “aguda” es iniciado por (1) un estado de tensión que estimula (2) la búsqueda activa del objeto (Reizsuche), y después de (3) una frase de enamoramiento masoquista, se produce el paso más o menos repentino a (4) la agresión final, que termina en (5) agotamiento y relajación. En la mujer, la segunda fase queda sustituída