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Estudia el autor la situación escolar y familiar del niño epiléptico en relación con sus crisis y con las reacciones que éstas provocan en el medio ambiente, reacciones que siempre entorpecen la ya difícil posibilidad de adaptación social de dichos enfermos. Plantea la necesidad de crear Colonias especializadas donde se busque los medios de canalizar de un modo útil ciertas energías y donde se eliminen los estímulos negativos familiares y sociales llevando así al sujeto a una nueva estima de sí mismo y a una posibilidad de rendir algo en el campo de su vida social. Afirma que hay actividades de un valor terapéutico innegable y que la pintura es la más “eficaz. En el artículo intenta mostrar los resultados obtenidos en Liengfield (hogar para 60 niños epilépticos) mediante el empleo de la pintura organizada. “Los niños sometidos a esta terapéutica han podido desarrollar en toda su extensión una personalidad entumecida por un medio ambiente desfavorable y al mismo tiempo han producido valores artísticos.”
Estudia el método empleado que es en este caso (niños entre 13 y 16 años) el de “libre expresión”. Los temas no tienen importancia. El material empleado es el óleo por considerarlo más útil que la acuarela y la tempera. El trabajo es voluntario y libre de sugerencias, críticas o ayudas técnicas. En todas las edades debe rodearse esta actividad de una atmósfera de “atracción” y tiene que tender a la libre expresión de afectos. El autor ha observado que el niño tiende a abandonar el trabajo imaginativo a medida que se desarrolla su estabilidad y confianza y que sus relaciones generales se hacen más objetivas.
El interés del trabajo reside sobre todo en las perspectivas abiertas a la terapia de esta enfermedad y en el interés simbólico de alguna de las reproducciones que acompañan el texto.
A. A. de Pichon Rivière.