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El autor formula principios generales destinados a poner orden en los conceptos confusos y en la no menos frondosa terminología que se emplea para describir las interrelaciones psicosomáticas. Ante todo, distingue dos tipos de relaciones: a) susceptibilidad: predisposición de “tipos” específicos (en sentido morfológico, fisiológico o psicológico) a enfermedades determinadas (cardiopatías, hipertensión, artritis, diabetes, traumatismos); estas relaciones han sido bosquejadas recientemente por Dunbar. b) Somatización: cualquier proceso por el cual funciones generadas en el plano de la experiencia psíquica, llegan a expresarse y a descargarse (parcial o totalmente) en trastornos somáticos (sensoriales, motores, secretores o mixtos). Aquí se refiere exclusivamente a estos últimos procesos.
Para que se inicie el proceso de somatización es preciso que la satisfacción de una tendencia (instintiva) tropiece con obstáculos internos o externos (ineludibles, ertos últimos) que den lugar a su frustración. Esta interacción instinto-mundo implica un mecanismo compuesto de varias reacciones parciales, cuya mutua disociación (concepto éste a que el autor da particular importancia) es el elemento básico de la somatización, que se desarrolla esencialmente, en cinco fases. Fase I: el obstáculo exterior da lugar a una reacción simple de fuga retirada o acción sobre aquél. Fase II: ante estímulos internos, o ante los externos que no puedan ser eliminados, la reacción anterior, puramente sensorio-motriz, se completa con otros dos elementos: mecanismos vegetativos destinados a mantener la homeostasia, y tensiones afecivas. Fase III (comienzo de la disociación): se suprime la actividad exterior, apareciendo únicamente la reacción vegetativa (rubor, sudoración, lagrimeo, temblores, disnea, palpitaciones, poliuria, etc.) con su estado afectivo concomitante. En esta fase se establece un “condicionamiento” entre la tensión afectiva y la reacción vegetativa, de modo que en adelante no será neces