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“Debemos considerar el instinto sexual como la médula del árbol en que brota la vida del individuo, cual una hoja que, nutrida en el árbol, contribuye a nutrirlo… Con todo esto concuerda el importante papel que la relación sexual desempeña en el mundo de los hombres, constituyendo en realidad el centro invisible de toda labor y actividad, manifestándose por doquier, a pesar de cuantos velos se le eche encima para ocultarla. Es la causa de la guerra y
el objetivo de la paz; el fundamento de lo serio y el objeto de la chanza; fuente inagotable del chiste, clave de todas las alusiones y sentido de toda ambigüedad, de mudos ruegos y de miradas escondidas; la cotidiana poesía, el anhelo de la juventud y muchas veces también de la vejez; pensamiento constante de los impuros y sueños involuntaria pero perpetuamente renovados de los puros: material inagotable de las bromas, precisamente porque en él reside la más profunda seriedad… Y así vemos que la sexualidad no deja de erigirse ni por un instante en el trono que le corresponde por la gracia de sí misma, como legítima y hereditaria soberana de este mundo, riéndose desde allí, con burlona mirada, de cuanto esfuerzo se haga para mantenerla sojuzgada, para ocultarla del todo, si fuera posible, o, por lo menos, para coartarla de manera que sólo pueda manifestarse en ocasiones insignificantes y accesorias de la vida… Quienes se dispongan a proferir fuerte algarabía por estas palabras, preocúpense más bien de que no se les considere como meros hipócritas o eunucos; pues la verdad está de mi parte, por más que no concuerde con la filosofía escolar de estas personas.”
Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación (complementos).