You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
“Si comparamos nuestra conciencia con un lago de cierta profundidad, los pensamientos claramente conscientes sólo forman la superficie, mientras que la propia masa de agua contiene lo impreciso, los sentimientos, el estado afectivo en que nos dejan las percepciones y la experiencia en general, todo ello coloreando con el propio humor de nuestra voluntad, que es el núcleo de nuestra esencia. La conciencia entera se encuentra en incesante movimiento, más o menos determinado por la actividad de nuestro intelecto, y lo que en este proceso sube a la superficie son las imágenes claras de la fantasía o los pensamientos y las resoluciones de la voluntad, nítidamente conscientes y expresadas en palabras. Todo este proceso de nuestro pensar y decidir raramente se encuentra en la superficie, es decir, consiste en una concatenación de juicios claramente pensados, pese a que esto sea lo que perseguimos para poder justificarnos ante nosotros y ante los demás; por el contrario, generalmente es' en las tenebrosas profundidades donde se rumia el material recibido desde fuera, convirtiéndolo en pensamientos; y todo esto ocurre casi tan inconscientemente como la transformación de los alimentos en los humores y sustancias del cuerpo. De ahí que muchas veces no podamos dar cuenta de cómo se han formado nuestros pensamientos más profundos; pues éstos son frutos de nuestra misteriosa entraña. De aquella sima surgen los juicios, las ocurrencias y las decisiones, inesperadamente y para nuestra propia admiración… La conciencia es la mera superficie de nuestro espíritu, del que, como de la tierra, sólo conocemos la cáscara, más no el interior.”