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En el vientre de la madre el niño ve satisfechas automáticamente todas sus necesidades. Su yo debe figurarse omnipotente. Por lo tanto a esta época de la vida, se la puede designar como el período de la omnipotencia absoluta (“Veingungeslose”).
Al nacer la situación cambia. El niño reacciona al parto con movimientos incoordinados. Psíquicamente el yo debe pretender reproducir alucinatoriamente la situación anterior prenatal. En ello es ayudado por el ambiente que le coloca en situaciones propicias. Es el período de la omnipotencia mágico-alucinatoria.
Más adelante el yo emplea señales especiales para conseguir satisfacciones instintivas. Así mueve los labios, si quiere mamar, lo que constituye el período de la omnipotencia con ayuda de los gestos mágicos.
Con el desarrollo del lenguaje y por su influencia en el pensamiento se crea el período de los pensamientos y palabras mágicas. Es un estadio análogo al que regresa el neurótico obsesivo.
La creencia de la omnipotencia se destruye al separarse el niño de los padres. Pero persiste siempre, en mayor o menor grado, aun en el individuo adulto. Es sobrepasado sobre todo en la ciencia, que busca siempre “condiciones” a cualquier fenómeno.
Todas las afirmaciones que anteceden, se refieren al desarrollo del yo en sus relaciones con la realidad. En cuanto a la sexualidad, la adaptación a la realidad es más tardía. Los instintos sexuales pueden satisfacerse autoeróticamente. Para ellos persiste el período de la omnipotencia absoluta, hasta el momento en que es vencido el autoerotismo.
Ferenczi apoya sus afirmaciones, pensando que el feto y el recién nacido desconocen al ambiente. Por este motivo, el obtener lo que desea se lo puede achacar a sí mismo y no a los demás. Es posible objetar que creencia en la omnipotencia supone ya una elaboración psíquica, lo que tampoco debe ocurrir en la vida intrauterina o en los primeros tiempos de la prenatal. Y posteriormente el psiquismo ya desarrollado del niño debe señalar a éste la importan