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“—En efecto, he oído contar casos análogos. He oído de uno que salió una noche armado de un revólver y dispuesto a quitarse la vida, salieron unos ladrones a robarle, le atacaron, se defendió, mató a uno de ellos, huyeron los demás, y al ver que había comprado su vida por la de otro renunció a su propósito.
”—Se comprende — observó Augusto —; la cosa era quitar a alguien la vida, matar un hombre, y ya que mató a otro, ¿a qué había de matarse? Los más de los suicidas son homicidas frustrados; se matan a sí mismos por falta de valor para matar a otros…
”—Ah, ya te entiendo, Augusto, te entiendo. Tú quieres decir que si tuvieses valor para matar a Eugenia o a Mauricio o a los dos no pensarías en matarte a ti mismo, ¿eh?.
”—¡Mire usted, precisamente a ésos… no!
”—¿A quién, pues?
”—¡A usted! — y me miró a los ojos.
”—¿Cómo? — exclamé poniéndome en pie — ¿cómo? Pero ¿se te ha pasado por la imaginación matarme? ¿tú? ¿y a mí?
“—Siéntese y tenga calma. ¿O es que cree usted, amigo don Miguel, que sería el primer caso en que un ente de ficción, como usted me llama, matara a aquel a quien creyó darle el ser… ficticio?”
Miguel de Unamuno, Niebla, página 285.