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La jaqueca que ciertos autores han incluido en el grupo de las enfermedades contemporáneas, fué un mal conocido y descrito por los antiguos. Están allí las observaciones de Celso, Areteo, Galeno, transmitidas con el acervo empírico de la vieja patología y el testimonio de diversos personajes de la historia y del mundo artístico que la padecieron (1).
Abundantísima bibliografía ha ido acumulando su estudio, que no ha logrado todavía la solución de los problemas etiopatogénico y terapéutico. Entre las diversas teorías propuestas citaremos: la ocular o refleja, que acepta los vicios de refracción; la central o nerviosa, que invoca el incremento tensional del líquido céfalorraquídeo por causas funcionales u orgánicas; la teoría de la disfunción endocrina mono o pluriglandular; la teoría vasomotora, la tóxica, la digestiva, etc.; todas están basadas en observaciones exactas, pero sólo resuelven aspectos parciales sin abarcar la totalidad del problema y algunos de sus mecanismos se desvalorizan cuando se les somete a una rigurosa crítica con nuevas experiencias. Así sucede con la patogenia digestiva cuya revisión en el dominio de la clínica misma lleva a la conclusión de que los trastornos digestivos coinciden frecuentemente con la jaqueca, pero que no son las perturbaciones graves del tracto digestivo las que la originan sino los trastornos benignos, aquéllos de carácter funcional (2). Se