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Es dudoso que en la actualidad existan muchas personas que defiendan la institución de la pena de muerte con cierto grado de convicción o firmeza. Los que aceptan el castigo capital, más que proponentes son adherentes pasivos del régimen imperante: tienen más terror a abolirlo que disposición a defenderlo. Por lo general, frente a los argumentos que se formulan en contra de la pena de muerte les oímos esta débil réplica: “Si abolimos la pena de muerte, ¿qué ponemos en su lugar?” Pero los que plantean esta pregunta retórica no se dan cuenta de que existen ciertas cosas que pueden suprimirse sin que sea necesario reemplazarlas por otras. Nadie se pregunta qué podría sustituir a la malaria, a la fiebre amarilla o a la fiebre tifoidea que todos desean eliminar. Sin embargo, en algunas mentalidades surge una duda, es como si pensaran que en el caso de la fiebre amarilla no se debe buscar un sustituto porque se trata de una enfermedad y por lo tanto tiene que ser eliminada totalmente. Además, podrían agregar que la pena de muerte es un castigo, el supremo castigo. Estas personas, siendo adherentes pasivos del mantenimiento de esta pena, son incapaces de concebir los beneficios que resultarían de la abolición de algo supremo y por consiguiente en cierta forma absoluto y perfecto y su sustitución por algo menos supremo y por tanto menos perfecto.
No hay duda que el adherente pasivo (el proponente activo constituye una minoría y está tan convencido de su punto de vista que no puede discutirse con él) da la impresión de que está de acuerdo en algo con lo contrarios a la pena de muerte, ya que reconoce que es un castigo terrible