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Las observaciones que siguen toman su punto de partida en un problema específico de la técnica analítica, pero tienden a otro fin.
No se me tomará a mal, por lo tanto, que eluda la discusión del problema técnico, aun cuando forzosamente me vea obligado a rozarlo.
En el curso de una sesión analítica caracterizada por una considerable resistencia —y a la cual volveremos a referirnos más adelante— se quejó un enfermo amargamente de que el análisis era “una situación imposible”. La sinceridad obligaría a decir que tiene razón, desde el punto de vista de las convenciones sociales. Resulta casi imposible el referir a una persona extraña los sucesos más íntimos de la vida propia, hasta ahora cuidadosamente mantenidos en secreto, y hacerle partícipe de pensamientos y sentimientos que apenas se ha osado confesarse a sí mismo. Conocemos, además, algo que hará aún más difícil la situación: son las experiencias de la transferencia, que a su vez deberán ser expresadas y comunicadas. Sin salimos del caso más sencillo, el del hombre que tiene que confesar, en el curso del análisis, hasta qué punto son hostiles y despectivos los pensamientos que descubre en sí mismo, dirigidos contra el médico, o el de la mujer que se ve obligada a confesar a éste, groseros deseos y fantasías de carácter sexual que se refieren precisamente a él, se admitirá sin discusión que se trata de superar dificultades nada comunes. El intento de convencer al enfermo por medio del razonamiento, de que la esencia y la eficacia misma del proceso consisten precisamente en hacer posible aquello que le parece imposible, tiene pocas probabilidades de éxito, a causa de la resistencia afectiva. Tampoco nos ayudará mucho el hacer un llamado a sus sentimientos narcisísticos, diciéndole, por ejemplo, que conocemos bien lo difícil de la tarea que le proponemos, pero que estamos convencidos de que, estando en juego la recuperación de su salud y su capacidad, sabrá poner a contribución la energía y el valor moral necesarios.