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Después de señalar la brusca modificación en los puntos de vista tradicionales con respecto a la femineidad ocurrida después de la anterior guerra mundial, encara Zilboorg la posición de la mujer en nuestra sociedad patriarcal, expresando que a pesar de que el psicoanálisis ha tenido una franca actitud iconoclástica en todos los aspectos de la psicología humana, parece haberse resignado a aceptar en sus primeras épocas el concepto de que “la anatomía es el destino” (Napoleón). Resume después las aportaciones ocurridas entre 1925 y 1935 por Abraham, Helene Deutsch, Horney, Josine Muller, Ernst Jones, Melanie Klein, van Ophuijsen y Muller Braunshweig, insistiendo sobre el concepto de Ferenczi con respecto a la primitiva diferenciación entre dos organismos similares, uno de los cuales se desarrolló más fuertemente, sometiendo al más débil y engendrando por esta sumisión una amargura que constituye aún una predisposición en la mujer actual. Analiza las dudas que presentaba Freud ante el problema de la sexualidad femenina cuando señalaba cómo la mujer siempre actúa bajo el handicap de la inferioridad orgánica fálica, que le produce serias perturbaciones en el desarrollo libidinoso responsable de su debilidad esencial y aun inferioridad. Anota la preocupación sentida por el problema por los principales sociólogos y biólogos del último siglo, citando a Turgueniev, Ibsen, Tolstoi, Zola y Bernard Shaw, y señala después que si bien el psicoanálisis explicó los dinamismos principales de la tragedia femenina, su estructura psicológica y la naturaleza de sus conflictos, no arrojó suficiente luz sobre la hostilidad fundamental del hombre hacia la mujer, apoyando más bien la actitud tradicional de la civilización moderna en cuanto a la desconsideración orgánica, psicológica y cultural de la misma. Trae a colación la frase de Sancho: “La mujer honrada, la pierna quebrada y en casa”, expresión del propio concepto de Cervantes, y se refiere después a ese “horrible” libro medieval, el