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Según el autor, la mayoría de los psicólogos, que rechazan la teoría de los instintos, lo hacen por razones afectivas y para poder negar la hipótesis del instinto de muerte. Sin embargo, sin la admisión de la existencia de tal instinto quedarían muchos fenómenos sin explicación, como la muerte por decrepitud, el suicidio etc. Si admitimos la interacción de los dos grupos instintivos en la vida postnatal, debemos suponer que actúan también en el feto. Según el autor se podría pensar que las tendencias destructivas del hombre y de la mujer son vencidas en el momento de la fertilización del óvulo. Más tarde, las tendencias libidinosas deben prevalecer en el feto normal sobre las autodestructivas para asegurar su evolución. Desde el momento de haber nacido, las irritaciones del mundo exterior atraen las tendencias destructivas del niño hacia éste.
Le llamó la atención al autor encontrar entre los mohicanos de Arizona creencias que tienen un gran parecido con esta teoría. Según relata el doctor G. Devereux, los mohicanos suponen que el futuro exhorcista, el médico de la tribu, ve mientras que está todavía en la matriz de su madre en sus sueños ejecutar a un dios la curación de las enfermedades. Él olvidará estos sueños, para recordarlos mucho más tarde, ya de adulto. Después del 6ọ mes lunar el feto y futuro exhorcista empieza a soñar, cómo podría evitar de nacer, matándose él mismo y a su madre. Algunos indios creen que el feto comete suicidio, si muere durante el parto, mientras la muerte de su madre sería solamente accidental. Otros sostienen lo contrario, que el feto mata intencionalmente a su madre, sin preocuparse de su propia muerte. Pero todos están de acuerdo que el feto dispone de razón y durante un parto difícil le hablan, le tratan de persuadir de nacer, diciéndole que si él se niega, todos los futuros fetos podrían seguir su mal ejemplo y así se exterminará por su culpa toda la tribu. Durante sus primeros 5 años el futuro exhorcista se mostrará extremadamente