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“A la mañana, fastidiado al pensar que mi abuelo estaba arreglado y que me esperaban para salir a dar una vuelta hacia Méséglise, me despertó la charanga de un regimiento que todos los días pasaba por debajo de mis ventanas. Pero dos o tres veces —y lo digo porque no cabe describir bien la vida de los hombres
sin hacerla bañarse en el sueño en que se sumerge y que noche tras noche la rodea como una península está cercada por el mar—, el sueño interpuesto fué bastante resistente en mí para resistir al choque de la música, y no oí nada. Los demás días cedió un instante; pero, aterciopelada todavía de haber dormido, mi conciencia, como esos órganos previamente anestesiados para los cuales una cauterización, que en el primer momento permanece insensible, no es percibida completamente hasta el final y como una ligera quemadura, sólo era suavemente afectada por las agudas punzadas de los pífanos que la acariciaban como un vago y fresco gorjeo matinal, y tras esta breve interrupción en que el silencio se había hecho música, tornaba a empezar con mi sueño antes de que los dragones hubieran acabado de pasar, hurtándome las últimas ramillas floridas del ramo saltante y sonoro. Y la zona de mi conciencia, que sus tallos habían rozado al brotar, era tan estrecha, tan enmarañada de sueño, que más tarde, cuando Saint-Loup me preguntaba si había oído la música, ya no estaba seguro de que el sonido de la banda no hubiera sido tan imaginario como el que oía durante el día alzarse con el menor rumor sobre las losas de la ciudad.
“Quizá lo había oído solamente entre sueños por temor a que me despertase o, por el contrario, de no despertar y no ver el desfile. Porque a menudo me ocurría, cuando me quedaba traspuesto en el momento en que había pensado, lejos de eso, que el ruido me habría despertado, que por espacio de una hora creía estar despierto aún, entre sueños, y me representaba a mí mismo, en tenues sombras, sobre la pantalla de mi sueño, los diversos espectáculos que ese sueño