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“El renunciamiento de nuestras vidas es trágicamente semejante a la mutilación de los fanáticos. Nosotros somos castigados por nuestras privaciones. Cada impulso que nos esforzamos por sofocar germina en nuestro interior y nos envenena.” (Cap. ii, pág. 29.)
“Hay algo de voluptuosidad en los propios reproches. Cuando nosotros mismos nos censuramos, sentimos que nadie más tiene derecho a reprobarnos. Es la confesión, no el sacerdote lo que nos da la absolución.” (Cap. viii, pág. 114.)