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La concepción analítica discierne dos formas de celos: los normales (concurrentes) y los patológicos (proyectados y delirantes) (1). Considerándolo desde el punto de vista que ha dado lugar a esta diferenciación, Otelo, de Shakespeare, puede calificarse como el gran drama de los celos patológicos. En efecto, las circunstancias reales no justifican en modo alguno esta pasión, pues Desdémona ama a Otelo y le guarda fidelidad. Sin embargo, podría aducirse que las intrigas de Yago, sus falsías y sus mentiras estarían tejidas con maestra habilidad; que Otelo no podría abrigar la menor sospecha de los malvados propósitos que le animaban, de modo que esta obra debería considerarse más bien como un drama de la calumnia o como tragedia de la inermidad en que se encuentra el incauto frente a la maldad refinada. Este reparo tiene plena justificación, pero no contradice lo afirmado anteriormente, sino que más bien lo complementa: Otelo vendría a ser, así, el drama de aquella inermidad precisamente específica de los celos patológicos. Otelo de ningún modo es incauto o inerme en lo que a otras cosas se refiere, sino, por el contrario, inteligente y fuerte, mas, aun antes de poder fundarse en el menor indicio, cae fácilmente en violenta sospecha celosa, prestando grato oído a las meras alusiones de Yago. Así, hemos de