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Estoy de acuerdo con ustedes, en que habitualmente se hacen, con cierto escepticismo, tentativas para aplicar la psicología psicoanalítica a las ciencias, o más exactamente, a problemas que en general son examinados según métodos científicos o de cultura histórica. Pero también estoy de acuerdo con ustedes en lo que se refiere a la esfera afectiva. Conozco por experiencia el displacer del oyente, cuando se le exige que siga tales investigaciones por largos y cansadores rodeos. Al displacer que vivo identificándome con ustedes se añade el otro que como conferenciante experimento. No puedo recomendar mi tema ni puedo disculparme por mi cuestionario. Por otra parte, me parece permitido probar a través de una breve reflexión, el derecho de nuestra común posición, así como nuestro escepticismo y nuestro displacer, e investigar las dificultades fundamentales de la aplicación de la psicología psicoanalítica al terreno del trabajo de las ciencias mentales.
Hará pronto tres décadas, cuando en los comienzos y en la época heroica del psicoanálisis, Freud y el pequeño círculo de sus discípulos emprendieron las primeras tentativas de “aplicar” principios psicoanalíticos, se encontraron ante dos temas; uno de los cuales desde hace ya algún tiempo ha perdido importancia. Porque a la sazón, cuando el psicoanálisis disponía de un modesto material de experiencia clínica, cada camino para afirmar y asegurar el valor de los nuevos hallazgos ganados por la observación de la vida del enfermo —material fundamental— debió ser bienvenido. Era suficientemente significativo que dichos hallazgos se dejaran aplicar a los testimonios que ofrecía la historia humana en poesía, leyendas y mitos, es decir, a los testimonios de un material secundario. Desde que no puede ser ya nuestro