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No puede ser indiferente para una ciencia que como el psicoanálisis trata de aclarar la motivación del actuar humano, lo que se sabe acerca de su motilidad.
En este sentido puede ser útil para el analista ver en esta magnífica monografía hasta qué grado de perfección se ha llegado en el análisis anatómico y fisiológico de las funciones de la corteza motriz precentral y convencerse una vez más del destacado papel que desempeña la corteza en los acontecimientos psíquicos. No es cuestión aquí entrar en una consideración detallada de los múltiples hechos registrados en esta obra. Me limitaré, pues, a pocos puntos que permiten entrever las conexiones entre la labor de los autores comentados y la de los psicoanalistas.
Si por ejemplo, A. Earl Walker (página 131), al discutir la vía cerebelorubro-talámico-cortical, menciona su importancia para la “propiocepción inconsciente”, no deja de llamarnos la atención el término familiar. Si un poco más adelante, el mismo autor menciona como consecuencia de la estimulación eléctrica de la región precentral un “deseo de moverse”, nos vemos otra vez frente a algo muy conocido. El capítulo sobre la función autónoma de la corteza precentral de Margaret A. Kennard está lleno de indicaciones similares. Citaré, al respecto, una sola frase de Kennard (página 303): “Bien puede ser que las neurosis experimentales y la epilepsia inducida por sonidos se deban a trastornos funcionales u orgánicos en el lóbulo temporal, del mismo modo como los estados de angustia del ser humano pueden ser relacionados con los polos frontales.” Claro está que muchos puntos muy importantes quedan a oscuras. La doctora Kennard menciona, por ejemplo, la influencia ejercida por la región estudiada (sobre todo área 6) sobre circulación, pupilas, vejiga, aparato gastrointestinal y sistema pilomotor. No menciona, en cambio, la sexualidad, lo que se debe tal vez a que la región precentral no influye mayormente en las funciones sexuales, pero posiblemente también a que in