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Desde hace doce años, Burr y sus colaboradores vienen investigando, en la Universidad de Yale, uno de los grupos de factores más importantes y menos comprendidos que influyen
sobre las funciones de los seres vivos, y quizá predominantemente sobre su vida psíquica: nos referimos a los factores cósmicos (ciclos lunares y planetarios en general, radiaciones, manchas solares, el clima terrestre propiamente dicho, la luz solar, etc.). Según demuestran estos estudios bioeléctricos, todos los seres vivos están rodeados por un aura eléctrica —un verdadero campo electrodinámico— que ellos mismos generan y que desempeña un importante papel en la determinación de su tamaño, su configuración corporal, su fisiología y su conducta. Este campo es influído, a su vez, por los fenómenos cósmicos, a través de los cuales la vida en la tierra queda vinculada al dinamismo universal.
El método empleado por la escuela de Burr consiste en registrar durante meses enteros, en forma continuada, el campo electrodinámico de animales y plantas, empleando con tal fin electrodos impolarizables y amplificadores de válvula. Por razones técnicas (inmovilidad), los objetos de experimentación preferidos son vegetales: arces, begonias, gérmenes de trigo, etc. Se comprobó así que la “historia eléctrica” está gobernada por varios ritmos. Ante todo, un ritmo individual, aumentando la tensión del campo con la intensidad del crecimiento; luego, un ritmo diurno; por fin, un ritmo lunar.
En el presente trabajo se describen los resultados de los tres primeros meses de observación sobre dos árboles de arce. Se comprobó que el ritmo diurno es muy característico, siendo máxima la tensión a la madrugada, de dos a cuatro horas antes de salir el sol (téngase en cuenta que la actividad oxidativa de los vegetales clorofílicos tiene un ritmo diurno inverso al de los animales). En suma, pareciera que los vegetales acumulan energía eléctrica a partir de la puesta del sol, alcanzando el potencial máximo al comenzar la mañan