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El autor estudia las relaciones entre el llanto, la vista y la función urinaria.
Las lágrimas, dice, aparecen en el niño a la cuarta o sexta semana de edad, al mismo tiempo que concentra su mirada, y probablemente cuando entabla conocimiento de la tensión muscular que precede a la micción.
A los 5 ó 6 meses se nota una diferencia sexual en la función urinaria: las niñas tienden a desarrollar mayores intervalos entre las micciones y se acostumbran más fácilmente a la bacinilla que los niños.
Esto corresponde a la época en que el niño se sienta solo y comienza a dominar los movimientos de sus ojos y sus manos.
Parece probable que la mayor frecuencia urinaria en el varón sea debida a la mayor exposición y consecuente posibilidad de estimulación del genital masculino, que aparece a sus ojos más fácilmente, sobre todo en la posición sentado, invitándolo a tocarlo o jugar con él.
Parece que la función urinaria en el varón es más compleja y sensitiva que la de la niña, despertando mayor atención visual y coordinación muscular, y lleva también a una mayor sensación de maestría y dominio, estando más expuesta a accidentes.
Más tarde el modo masculino de orinar (de pie) expresa mayor poder y representa un arma agresiva que le suministra una salida para sus tensiones, y puede ser una de las razones por que el llorar es menos necesario para el varón que para la mujer. Es de observación general que en muchas situaciones de nerviosidad, en las cuales las mujeres lloran, los hombres muestran una urgencia o frecuencia de la micción.
Hay un cierto grado de correlación en los estados fisiológicos del desarrollo entre la coordinación muscular general, el enfocamiento visual y el control del esfínter vesical y una reciprocidad entre la micción y el llanto como mecanismos de descarga de tensiones.
Greenacre presenta dos historias clínicas de pacientes femeninas con dos tipos de llanto neurótico. El síntoma se encontraba determinado en ambas por un desplazamiento en el llanto del impulso a orina