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En un nutrido trabajo basado en la investigación de 116 tartamudos, el autor intenta apreciar la importancia de los factores hereditarios y familiares, de trastornos neurológicos y físicos, de la personalidad psíquica y de otros factores en la causación de la tartamudez. En cada uno de los capítulos pasa revista a las concepciones formuladas al respecto de la bibliografía.
En cuanto al factor hereditario, comprueba que la tartamudez ocurre con frecuencia diez veces mayor en familias de tartamudos, que en las familias normales, pero la ausencia de toda distribución mendeliana en la serie genealógica y la imposibilidad de excluir la influencia de otros factores familiares, le lleva a la conclusión de que la aparente herencia obedece en realidad a la imitación o a la identificación con padres u otros personajes tartamudos.
El examen físico, incluyendo la detenida exploración neurológica, no permite establecer ningún factor constitucional o somático constante, exceptuando cierta asinergia entre los movimientos de cooperación ejecutados por los brazos al caminar. Los síntomas concomitantes observados con mayor frecuencia —aunque no invariablemente— fueron la hiperhidrosis de manos y pies, midriasis, hiperreflexia tendinosa (sin piramidalismo) y trastornos vasomotores cutáneos, es decir, casi todos los signos del síndrome de angustia crónica.
La investigación psiquiátrica demostró que el tartamudo es un sujeto esquizoide en el que la tartamudez no es más que una de las expresiones sintomáticas. Muchos presentan antecedentes de enuresis, onicofagia y pavor nocturno. La exploración de los antecedentes iniciales y desencadenantes evidenció las más diversas experiencias traumáticas (incluyendo la imposición forzada de la dextrimanualidad a los zurdos), con un rasgo común invariable: su carácter angustioso.
Todos estos hallazgos, unidos al carácter fluctuante del síntoma —el tartamudo habla