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Una de las paradojas máximas de nuestra historia es esa singular contradicción entre el profundo humanismo del cual surgió la medicina, y la no menos singular manera en que la medicina de ciertas épocas perdió todo contacto con el hombre, al que se había propuesto salvar del sufrimiento y la enfermedad.
El aserto formulado por Heráclito en el siglo v a. J. C., de que el hombre es la medida de todas las cosas, fué completamente olvidado o quedó cubierto por lo que algunos dieron en llamar “actitud puramente científica”. En el curso de los siglos se hicieron notar en mayor o menor grado los intentos de descubrir la significación verdadera de la personalidad total; tales tendencias adquirieron prevalencia en el curso de la revolución cultural del Renacimiento y, una vez más, en el siglo xviii. El concepto de la personalidad no ingresó en la psiquiatría sino cuando fueron asimiladas las ideas de libertad, tanto nacional como individual, siendo interesante señalar cómo las tendencias humanistas coincidieron con los mejores anhelos hacia la libertad genuina.
El abordaje verdaderamente humanista de los problemas psiquiátricos se produjo en Alemania, una vez liberada ésta de la égida napoleónica. Muchas ideas de Groos , Nasse y Jacobi se encuentran en la psiquiatría actual, ya sea anónimamente o bajo un nombre distinto, habiendo echado raíces en esta ciencia y rindiendo utilidad práctica. Su mayor contribución reside en que destacaron con autoritaria insistencia el hecho de que no es posible una psicología médica mientras las ciencias naturales no logren ser aunadas con un conocimiento genuino del hombre. Establecieron la necesidad de una psicología científica del hombre, que sólo puede alcanzarse mediante la síntesis entre la biología y las ciencias sociales. Así, el hombre dejó de estar perdido entre los órganos del hombre.
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