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El varón tiene que enfrentarse en su infancia con la solución de un problema importante. Es el de superar su complejo de Edipo, renunciando a la madre e identificándose con el padre. La niña tiene dos tareas más. Debe renunciar a su virilidad ligada al clítoris y descubrir y reconocer a la vagina como equivalente del pene. Para explicar cómo la niña puede lograr este fin, la autora recapitula el desarrollo libidinoso femenino.
En la fase oral, que es autoerótica, la mama materna está cargada con libido narcisística, como si formara parte del propio cuerpo. Más tarde, en la fantasía inconsciente, el pene del padre equivale a la mama. Así la boca desempeña el papel de órgano pasivo y la mama el de activo.
En la fase analsádica, la mucosa intestinal es el órgano pasivo y los excrementos el activo. Para la niña, los excrementos tienen el significado de un hijo anal cargado con libido narcisística, como la mama en la primera fase.
Como la niña desconoce en esta edad la existencia de la vagina, la fase anal es seguida de otra, la fálica, caracterizada por el predominio del clítoris. El clítoris no es un sustitutivo equivalente del pene y por eso no logra atraerse toda la libido disponible. Parte de la libido queda fijada a las zonas erógenas anteriores y la otra parte se distribuye por la superficie del cuerpo entero.
Eso nos plantea el siguiente problema: ¿Cómo logra la vagina atraerse más tarde la libido clitoridiana y dispersarla? Parte de esta libido se concentra en el pene del compañero, como en la fase oral se concentró en las mamas de la madre. La vagina sirve de órgano de succión, como la boca en la primera fase. Pero además la vagina atrae directamente libido clitoridiana activa y recibe al pene como a una parte del propio cuerpo, repitiendo y superando en el coito el trauma de la castración. Pues la mujer adulta vive el coito como un proceso postambivalente en analogía al acto de succión, que era preambivalente. Además la incorporación del semen le sirve de repetici