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Entre las funciones procreativas de la mujer, la lactancia juega un papel secundario, al punto que muchas mujeres se sustraen a ella. En la conocida obra de Beaumarchais, Fígaro dice, resentido, que la única molestia a que se someten los grandes señores en su vida es la de nacer. Idéntico comentario podría aplicarse, parafraseado, a ciertas grandes damas. La única molestia a la cual tienen que someterse, es la de dar a luz a sus hijos, abandonando ya su crianza a mujeres extrañas. Durante mucho tiempo se consideró indecoroso criar sus propios hijos, y aun al principio de nuestro siglo en muchos países europeos era de buen gusto tomar un ama de leche, pretendiéndose que así el lactante sería criado debidamente y no sufriría en su salud. Sin embargo sufría un daño indirecto, al faltarle el lazo afectivo que la crianza establece entre madre e hijo. En el inconsciente del niño criado por una nodriza mercenaria se establecen fácilmente dos imágenes distintas; la de una madre buena de su primera infancia —el ama de leche— en contraste con la de una mujer mala y frustradora, que es su madre real. Pero hoy no se suele recurrir al ama de cría, sino a la alimentación artificial. Gracias a nuestros progresos técnicos, ésta apenas perjudica físicamente al lactante. Si se prefiere con tanta frecuencia el alimento artificial a la leche materna, deben existir, además de causas sociales, razones psicológicas. Las sociales son evidentes; la mujer que trabaja fuera de su casa a menudo no puede dedicar a su hijo el tiempo necesario para criarlo durante varios meses, y desiste de su crianza, si no quiere o no puede renunciar a su profesión.