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Algunos pacientes ambulatorios presentan, ya sea al comienzo o en un punto ulterior en su tratamiento psicoanalítico, un cuadro prolongado emocionalmente intenso, angustia, agitación, actitud de resentimiento o exigencia, tanto en las sesiones como en su vida cotidiana. Presentan síntomas agudos y están amenazados por un derrumbe completo de su capacidad de trabajo. Este cuadro está determinado por un intenso sentimiento de desamparo y la búsqueda resultante de una incalificable ayuda omnipotente. El desamparo del paciente se convierte en el modo de obtener la ayuda omnipotente del analista. Surge, entonces, el dilema: sin un peligro mortal no será ayudado, pero la convicción de un peligro mortal le crea una intensa angustia. El sentimiento de desamparo en sí mismo surge del temor de un contraataque por los impulsos hostiles, intensificados por actitudes sumisas, masoquísticas o por actitudes sexuales compensatorias.
Los pacientes con este cuadro agudo son mejor conducidos mediante el análisis de sus reacciones de transferencia en términos de actitudes corrientes. Esto se acompaña de una aseguración simpática de parte del analista que está preocupado por el sufrimiento del paciente, pero al mismo tiempo, el analista debe puntualizar la manera en que el paciente, deseando obtener alivio cae en un dilema insoluble. El paciente posteriormente es interrogado con insistencia sobre bajo qué circunstancias surgen sus síntomas en los acontecimientos del día. Se le permite o se le solicita que se siente y en frente del analista. Este último consejo tiene el efecto de disminuir la ansiedad del paciente al prevenirle contra la posibilidad de evadirse excesivamente en el reino de la fantasía. Como resultado, el analista es más evaluado como una figura de la realidad.
Los resultados terapéuticos están influídos por los patronos sintomáticos dominantes del paciente y los rasgos de la personalidad conjuntamente con su situación general en la vida. Los pacientes con un cuadro clínico