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El trabajo de Isakower se funda en una antigua experiencia de la fisiología de los sentidos. J. Breuer fué el primero que afirmó que el aparato otolítico no servía a la función
auditiva sino a la percepción de los movimientos, la posición y orientación del cuerpo en el espacio.
Se había observado que ciertos crustáceos poseían otocitos que se abrían al exterior y que contenían cuerpos extraños que llenaban la función de otolitos. A cada muda perdían estos otolitos y los reemplazaban con granitos de arena o cuerpos extraños similares que recogían de su alrededor.
Estos cuerpos extraños actuando por la gravedad sobre la superficie interna o cavidad del otocito le darían al animal su orientación en el espacio. Para demostrar esta teoría los fisiólogos vieneses realizaron la experiencia siguiente: Introducían limaduras de hierro en los otocitos de dichos crustáceos. Si se le acercaba un electroimán a la cara dorsal de los crustáceos, los otolitos ocupaban dentro del otocito la posición que tomaría estando el animal de espaldas, ya que la limadura era atraída por el imán y tocaba la capa dorsal del otocito. El crustáceo así magnetizado inmediatamente se daba vuelta y quedaba acostado sobre el lomo.
Esta experiencia famosa resulta ser un modelo para fines didácticos, pues representa plásticamente el proceso psicológico de la identificación primaria.
Vemos aquí cómo un pedazo del mundo externo, sin sufrir ninguna elaboración, es introducido (psicológicamente introyectado) dentro de un órgano de especial importancia y le ayuda a regular las relaciones del individuo con el resto del mundo externo.
Después de esta “introyección” el individuo comienza a ser sensible a las influencias (en este caso magnéticas) del mundo exterior.
En los crustáceos no existe otro aparato auditivo más que éste, pero en los animales superiores el aparato o esfera del “sentido espacial” se completa con la “esfera auditiva” a la cual permanece estrechamente unida no sólo por su origen embriológico y fil