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En un corto pero agudo ensayo el autor intenta establecer las diferencias que existen en nuestra concepción sobre masculino y femenino. Reconociendo que tanto para el anatomista, el biólogo, el legislador como para el hombre común estas diferencias carecen de valor, acentúa que en psicoanálisis, existe una tendencia a sustituir los conceptos de masculino y femenino por los de plus y minus o activo y pasivo. Todo lo que agrede y penetra sería masculino y lo que recibe y soporta sería femenino.
Pero dado que invocamos la bisexualidad como una ley universal exhibida por todos los seres vivos, caemos en el peligro de huir del plan de la realidad hacia el de la abstracción, estableciendo una oposición de tendencias, que en realidad, al igual que los radicales de la química orgánica, se mezclan en las más variadas combinaciones. Es así como se complica el problema. No contribuye a resolverlo el admitir sin restricciones un concepto existencial, que reconozca el “hecho concreto” de un tipo de experiencia masculina y un tipo de experiencia femenina. ¿Qué constituye en resumen una tal experiencia de masculinidad o de femineidad?
Repitiendo a Spengler, que admitía la existencia de países machos y países hembras, el autor señala que consideramos al continente asiático como femenino al compararlo con el europeo, por todo lo que el primero presenta de vago, oscuro, sin límites, en oposición a todo lo claro y determinado del último. Incluímos en este concepto la idea de actividad y pasividad, teniendo en cuenta una Europa progresista y agresiva y un Asia pasiva y estancada. Sin embargo, consideramos también a la maternidad como la misma esencia de la femineidad, cuando no hay nada más rígidamente determinado que la gravidez y el parto, nada más activo que el útero que aumenta doce veces su volumen y expulsa al feto con inigualable energía muscular.
No hay mujer, por tímida y cobarde que sea, que no se torne valiente y agresiva cuando se trata de proteger a sus hijos, y como tantas v