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No es mi propósito en esta serie de artículos (1) referirme a los estados psicóticos, pero no puedo omitir algunas consideraciones sobre la depresión melancólica que constituye una de las llamadas “neurosis narcisísticas” ya que esto aclara muchas situaciones necesarias para la comprensión de las neurosis.
La paciente a quien nos referiremos para este propósito tenía 50 años cuando comenzó su tratamiento. Había sido, previamente a su enfermedad, una escritora muy talentosa y conocida en su país. Inclinada naturalmente al trabajo y a la vida de relación, había experimentado en los últimos pocos años un cambio completo en toda su personalidad. Se había alejado cada vez más de la gente, continuando no obstante, con su trabajo, durante un cierto tiempo, hasta que un ataque agudo ocurrido alrededor de tres años antes de iniciar su tratamiento empeoró tanto su estado que se vió obligada a internarse en un sanatorio. Allí su enfermedad hizo rápidos progresos. Durante casi un año permaneció en una profunda depresión, interrumpida periódicamente por graves ataques de ansiedad y excitaciones casi delirantes. Todos sus temores giraban alrededor de un único pensamiento al que se adhería obstinadamente, aunque a veces era capaz de comprender lo absurdo de su idée fixé. Sin embargo, no obstante estas comprensiones ocasionales, permaneció ligada a ese pensamiento con grados de afecto variables: habría de ser arrojada a la calle, sin ropas tal como estaba en su lecho, sufriendo allí, sola y abandonada, una muerte terrible. A veces expresaba este pensamiento con completa apatía, otras rogaba para que sucediera “lo más rápidamente posible” y a veces gritaba pidiendo socorro en medio de la más intensa y delirante ansiedad. ¡Vienen, vienen! ¡No permitais que me lleven!, ¡tened piedad de mí! De tiempo en tiempo insistía en que