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La experiencia que voy a relatar no es esencialmente nueva. Todo psiquiatra que haya tenido oportunidad de declarar en un caso de homicidio en el que se interpuso la defensa de insania, debe haberse encontrado frente a los mismos problemas. Lo que sigue es la historia de un muchacho de catorce años, juzgado recientemente ante un tribunal de Virginia Oeste por asesinato de primer grado.
Antes de referirme a la naturaleza del delito, a las conclusiones psiquiátricas y al curso del proceso, quisiera hacer algunas consideraciones generales sobre la posición del perito psiquiatra en el juicio, y sobre ciertos aspectos de las relaciones entre el tribunal, la defensa, la acusación fiscal, el jurado y el psiquiatra.
Desde hace miles de años viene el hombre dando muerte a sus semejantes y desde hace miles de años se le somete a la ley, según el decir corriente. La introducción del testimonio del perito psiquiatra en el tribunal es de reciente data y la maquinaria de la justicia ha hecho relativamente poco por adaptarse a esta innovación. El psiquiatra aparece como “invadiendo” el tribunal; a pesar de su creciente importancia dentro de los resortes judiciales, se lo trata todavía como a un intruso, un entrometido, un problema más para la defensa y la acusación fiscal, una nueva plataforma desde donde hacer despliegue de fuegos de artificios jurídicos.
Tan pronto como el psiquiatra se instala en el estrado de los testigos, se ve abocado a una serie de problemas de carácter personal, profesional y legal. Debe estar dispuesto a soportar ataques de carácter personal, poniendo en tela de juicio su integridad, y tendientes a arrojar máculas, sombras