You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
El problema de la homosexualidad femenina no se ha tornado socialmente demasiado en serio, a pesar de que sus manifestaciones directas y sublimadas son aún más evidentes que las de la homosexualidad masculina. Si dos hombres se besaran, se tomaran de la mano o se abrazaran públicamente, como con frecuencia lo hacen dos amigas, su conducta se consideraría sumamente reveladora y demostrativa de su homosexualidad. Sin embargo, cuando dos mujeres actúan de tal modo, no se piensa que puedan ser “lesbianas” sino más bien “infantiles”. A pesar del verdadero poder que las mujeres han logrado en esta sociedad casi predominantemente masculina, todavía la ley y la opinión social están, al menos oficialmente, forjadas en la fantasía de la “sociedad masculina”. En realidad, el hombre se halla empeñado en una desesperada acción de retaguardia, convirtiéndose cada vez más en un “apéndice” de la mujer. En cierta ocasión, una enferma bastante ocurrente me contó que un amigo suyo había cometido el error de permitir que una amiga común, lo presentara a un gran financista. Por supuesto, nunca pudo conseguir que éste hiciera negocios con él; el pobre no sabía que los hombres tienen tan poca autoridad en sus hogares que se aferran celosamente al poder, o a la ilusión del poder, en su último refugio, es decir, en los negocios. La presentación hecha por intermedio de una mujer hizo pensar en seguida al financista que el presentado era un pobre diablo que trataba de relacionarse; una especie de gigoló. Por otra parte, los hombres también se vengan utilizando la antigua treta de no tomar a las mujeres y a sus caprichos “histéricos” demasiado en serio. Un buen ejemplo