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Este libro fué escrito durante la primera guerra mundial y poco después del armisticio; fué adaptado luego a la época de paz. Hace en él, el autor, un llamado a la bondad humana y trata de predicar el evangelio de la voluntad de vivir.
Considera que los hombres han perdido la alegría de vivir. Suspiran por los grandes placeres sin poder apreciar las pequeñas alegrías cotidianas.
Se podría hacer cargos a la cultura, y admitir que el progreso de la humanidad implica el sacrificio de la felicidad personal. Los sabios opinan que el arte de vivir consiste en poseer la facultad de transformar los deberes en alegrías; la violenta consecución de placeres los transforma en deberes que cumplir. Entiende por salud el justo término medio entre lo permitido y lo prohibido, entre el impulso y la inhibición. El neurótico no puede hallar este término medio, desea vivir en una embriaguez permanente, de lo contrario se sumerge en sus sueños y desprecia la vida.
Las personas que están más o menos contentas con la vida experimentan en determinados momentos del día un éxtasis fugaz. Esta sensación que corporiza las sensaciones de todo el día hace la vida digna de ser vivida. Esta divina embriaguez la buscan en el amor, en la naturaleza, en el arte. Reside también en la lucha y en las privaciones. Privemos al hombre de su alegría cotidiana y se marchitará.
Habla luego de la enfermedad y la ensalza. Es el refugio de los acongojados, de los tristes, de los perseguidos por el mal, de los acuciados por la muerte, de los combatientes involuntarios, de los amantes desgraciados. También se refugian en la enfermedad aquellos a quienes la lucha cotidiana deprime y no tienen fuerzas para arrancarse de sus ocupaciones acostumbradas. La enfermedad los previene a tiempo, los invita a buscar la felicidad por otros caminos; puede ser el comienzo de la salud.
Considera luego el autor que para llenar el deber cotidiano y el vértigo del día es necesario aprender y experimentar alegría en el aprendizaje. Hay qu