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El autor pasa brevemente revista a las teorías preanalíticas y analíticas sobre el problema psicológico del transvestismo. Destaca lo común entre el transvestista, el fetichista y el homosexual pasivo. El fetichista calma su temor a la castración buscando el fetiche, que, según Freud, simboliza para él el pene de la mujer. El homosexual elude el temor a la castración evitando todo contacto sexual con mujeres, es decir, seres castrados. Lo que impulsa al transvestista es también su temor a la castración. Cuando se disfraza, se convierte en una mujer fálica y vence así su angustia, negando la posibilidad de castración. En el acto transvestístico satisface tendencias objetivas —el ponerse el vestido de una determinada mujer significa realizar un coito con ella— y se identifica con la mujer fálica. Conserva su propio pene y adquiere simbólicamente otro pene más, porque los vestidos tienen para él, como para el fetichista, este significado. Una vez lograda la identificación con la mujer fálica busca de nuevo al objeto. Se ofrece a la madre, o, en una capa más profunda, al padre, exhibiendo su pene y su femineidad y asegurándose simultáneamente, que por este acto no será castrado.
El autor comprueba estas teorías con un historial clínico, en el cual existe una constelación familiar, al parecer típica, para el transvestista. Es la de un padre débil, una madre “fálica” y una hermana mayor preferida por los padres.
Generalmente la sexualidad infantil perversa del varón es reprimida por temor a la castración. En el transvestismo, como en el fetichismo, exhibicionismo, escoptofilia y homosexualidad, las tendencias perversas se satisfacen directamente, mientras logran negar el peligro de la castración.
Marie Langer.