You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
“—Ahora represéntate el estado de la naturaleza humana, con relación a la ciencia y a la ignorancia, según el cuadro que te voy a trazar. Imagina un antro subterráneo, que tenga en toda su longitud una abertura que dé libre paso a la luz, y en esta caverna, hombres encadenados desde la infancia de suerte que no pueden mudar de lugar ni volver la cabeza a causa de las cadenas que les sujetan las piernas y el cuello, pudiendo solamente ver los objetos que tienen enfrente. Detrás de ellos a cierta distancia y a cierta altura supón un fuego, cuyo resplandor les alumbra y un camino escarpado entre este fuego y los cautivos. Supón a lo largo de este camino un muro, semejante a los tabiques que los charlatanes ponen entre ellos y los espectadores para ocultarles la combinación y los resortes secretos de las maravillas que hacen.
“—Ya me represento todo eso.
“—Figúrate personas que pasan a lo largo del muro, llevando objetos de toda clase, figuras de hombre, de animales, de madera o piedra, de suerte que todo esto aparezca por encima del muro. Entre los portadores de todas estas cosas unos se detienen a conversar y otros pasan sin decir nada.
“—¡Extraños prisioneros y cuadro singular!
“—Se parecen, sin embargo, a nosotros punto a punto. Por lo pronto, ¿crees que puedan ver a otra cosa de sí mismos y de los que están a su lado, que las sombras que van a producirse enfrente de ellos en el fondo de la caverna?
“—¿Cómo habían de poder ver otras cosas si desde su nacimiento están obligados a tener la cabeza inmóvil?
“—Y respecto de los objetos que pasan detrás de ellos, ¿pueden ver otra cosa que las sombras de los mismos?
“—No.