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“Jamás, jamás seré tuya!, gritó. Me horrorizas: ya te lo he dicho. «¡Te odio como a la muerte!» ¡Te odio más aún! ¡Asesíname, única manera de poseerme!”
“Entonces fué cuando comencé a pegarle en silencio … Me había yo vuelto loco, realmente… no sé de cierto lo que ocurrió… mis ojos veían mal… mi cabeza ya no pensaba … Lo único que recuerdo es que le pegaba con la regularidad de un campesino que bate trigo con un mayal, y siempre en los mismos sitios: lo alto de la cabeza y el hombro izquierdo … Jamás he oído gritos tan horribles…
Aquello duró acaso un cuarto de hora. No había pronunciado una palabra, ni para pedirme que cesara, ni para abandonarse. Me detuve cuando sentí demasiado dolor en mi puño, y solté sus dos manos.