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El extranjero que se aventura a desarrollar un tema psicologico ante un auditorio de Francia, tierra por excelencia de la psicología, necesita justificarse con cuidado más que usual. ¿Qué no pensaréis pues de su audacia, cuando elige como tema el que he elegido yo para esta conferencia? Pues si existe un sentimiento humano acerca del cual los franceses tienen la reputación de saber todo lo que es digno de saberse, sin duda que es el de los celos. Vuestros poetas, escritores y psicólogos lo han explorado intensiva y extensivamente, y su genio intuitivo ha arrojado brillantes destellos de luz sobre sus secretos. Después de lo escrito por ellos, ¿puede decirse algo que no resulte trivial? Y, sin embargo, me digo a mí mismo que aunque nada nuevo os dijera, habría de contar a pesar de todo con vuestro interés. Que éste es perenne e inagotable en cuanto al tema se refiere, lo demuestra el papel que el mismo desempeña en vuestra vida pública. Ignoro si alguien calculó nunca la proporción de vuestras obras teatrales que se ocupan del tema de los celos, pero ella debe ser mayor que la de cualquier otro país. ¿Y qué circulación tendría uno de vuestros diarios al que se le ocurriera excluir de sus páginas a los crimes passionnels? Quizá lo compraran unos pocos, por pura curiosidad, para ver qué otros asuntos de interés existían en el mundo, capaces de llenar las columnas de un diario entero. Hasta habéis construido al respecto una jurisprudencia especial, aunque entiendo que ella no ha llegado aún a incorporarse a vuestras leyes.
Es pues presumible que el tema os resulte interesante. Pero esa sola consideración constituiría una excusa bien pobre para la elección que del